Dos ciudades

En un íntimo paraje muy cerca de tu casa, hay dos ciudades…

Una es apacible, divertida y limpia. Tan tranquila y alegre a la vez, tan segura e impredecible al mismo tiempo, que los pobladores de aldeas vecinas, envían comisiones furtivas para descubrir su estrategia. Muchos quieren aprender sus secretos, copiar su fórmula, descubrir el origen de su armonía. Es un hermoso lugar en donde los colores sirven para indicar el estado de ánimo de sus pobladores, y la música permite que las emociones sean expresadas con libertad y belleza. Los árboles dan frutos de caramelos. Los lagos, charcos y estanques, brindan una variedad de diversos tipos de gelatinas y bebidas azucaradas. Y dependiendo del clima, la hora del día y las actividades planificadas por el ayuntamiento, bajo los columpios se pueden encontrar cremas achocolatadas de distinta consistencia y mezcla, perfectamente comestibles si se nos ocurre revolcarnos en ese barro acaramelado con olor a cacao. Desde temprano abren los quioscos dispuestos en las esquinas para surtir de creyones, pinceles y témperas a quienes necesiten descansar o recrearse. Y en los parques, que hay muchos, jamás faltan los perros, los bancos y los árboles frondosos. Por supuesto que cada plaza tiene una cesta con sus propias pelotas para rebotar, correr, lanzar y atrapar. Sí, una ciudad con columpios y perros, siempre es una garantía. En ese lugar, cada habitante va acompañado de un niño. Como en los partidos de futbol importantes, en donde cada jugador entra a la cancha con una versión pequeña de sí. No son hijos, no. Son una especie de réplicas. Algo así como él mismo cuando era pequeño, tomado de él mismo, ahora que es grande. Difícil explicarlo. Del modo que sea, es una belleza ver cómo cada poblador va de la mano de lo que podríamos suponer, es él mismo.

Muy cerca de esta ciudad, existe otra inexplicablemente opuesta. Es gris, muy quieta, y aunque está viva, parece muerta. Funciona, pero es tan triste que sus habitantes arrastran los pies en vez de caminar. Sin árboles, sin columpios, sin colores ni música y, sobre todo sin perros, es comprensible la ausencia de sonrisas. Es que todos en ese lugar recorren las mismas calles a la misma hora y con un solo propósito: cumplir compromisos. No se sabe bien en dónde aprendieron a enmascarar a sus niños, lo que sí es claro, es que ellos sí que le hacen honor al adjetivo de «interno», porque no dejan que se asomen por ningún rincón.  Leyendas urbanas dicen que han fabricado unas especies de depósitos en donde los esconden por algunas horas para que no molesten y dejen a sus «propietarios» trabajar. Otras fuentes más fidedignas, refieren destinos peores. Dicen que en muchos casos los abandonan en los «quitamiedos» de carreteras lejanas o los dejan olvidados en las guarderías. Y los más descarados, pretenden que sus duplicados sean adoptados por el primero al que le sobre un espacio en casa. Es que creen que andar de la mano de su niño los expone y le rinden culto al mundo de los adultos y la autocracia del «qué dirán». Desprecian la inocencia, la alegría que brota de los pequeños momentos y los sueños que solo pueden aportar los niños. Temen pasar por cursis y, para evitar parecer imbéciles,  terminan siendo pendejos. ¡Habrase visto tamaña insensatez!

Una ciudad es luminosa, la otra espectral. ¡Qué alegría la primera! ¡Qué dolor la segunda, tan herida y maltratada! Es que una ciudad así, está irremediablemente condenada al miedo, a la rabia y al dolor. Ojalá algún día sus habitantes descubran que siempre es posible tener un perro, un columpio y un niño feliz.

En un íntimo paraje muy cerca de tu casa, hay dos ciudades… ¿En cuál de ellas vives tú?

Victoria Robert

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