Una fiel pero peligrosa compañía: la depresión

Queridos amigos, les comparto este testimonial del señor José Pico Polo, quien gentilmente envió a TuEstima, el texto que a continuación se transcribe. A los solos fines de compartir su experiencia y vivencia sobre esta enfermedad, apoyando de esta manera, a aquellas personas que lo necesiten.

Algunas veces pensamos en estas enigmáticas preguntas:

¿Estamos solos en el Universo?

¿Hay vida en otro lugar?

Y pocas veces nos detenemos a pensar no en la inmensidad del Universo, sino en nosotros mismos. Como un “elemento” algo más que físico (racional) dentro de la evolución del mismo. Pensar en nuestro verdadero yo interior. En todo lo bueno y malo que hay dentro de él. Hacer una introspección sobre nosotros mismos para llegar a descubrir quiénes y cómo somos realmente, ante nuestro entorno y sobre todo ante la persona más importante de nuestra vida. NOSOTROS MISMOS.

Yo he sacado esta conclusión:

Realmente cada uno de nosotros estamos solos en la vida por mucho que vivamos en sociedad. Al final, las castañas del fuego te las tienes que sacar tú mismo en los momentos más difíciles. Si es con ayuda de otros, perfecto. Pero al fin y al cabo, tú eres el que maneja el timón de tu vida y el que toma las decisiones. Y así permanecemos, solos, desde el día en que nacemos y hasta el momento de irnos para siempre.

Desde que vamos adquiriendo la madurez todo el diseño de nuestra vida depende únicamente  de nosotros (en condiciones “óptimas” y “normales”).

Somos dueños de nuestras decisiones y sus consecuencias, de nuestras interacciones con nuestro entorno. Porque eliges esto y no lo otro. Uno no elige la familia y entorno donde nace, eso viene en el contrato de la vida. Pero si podemos elegir a lo largo de nuestra vida muchas cosas más: amistades, estudios, trabajos, pareja, tener o no hijos, etc.

El motivo que me impulsa a escribir estas líneas es mi duro tránsito por una fuerte depresión, de la cual he salido exitoso realizando mucho esfuerzo y sacrificio.

También gracias a la ayuda de mucha gente: mi familia, mi mujer, mis amigos, mis compañeros de trabajo y por supuesto siguiendo a rajatabla los consejos y sugerencias de los profesionales de la psicología y psiquiatría a quienes contacte.

Una historia que narra cómo he sido y me he sentido durante mi enfermedad, la cual me acompañó por muchos años.

Tuve una infancia feliz de puertas para afuera. Amigos del barrio con los que jugaba a todas horas en la calle.  Sentía que formaba parte de un grupo de amigos. En el colegio, ningún tipo de problema de adaptación o educativo. Sin embargo, cuando fui adquiriendo uso de razón, me percate de ciertos problemas en mi familia.

Lo ves desde la posición de un niño, privilegiada, en primera fila pero desde el silencio. Desde la distancia no física sino psicológica. Simplemente ver, oír y callar. Aún no tienes los recursos necesarios para afrontar y menos todavía entrometerte en mitad de esos problemas. Eres un niño de 7/8 años, y estás comenzando el proceso de forjarte cómo un ser humano. Estás construyendo poco a poco los pilares y cimientos de tu vida.

Los años van pasando. Sin embargo, esos problemas siguen ahí e incluso se suman otros que sentía me traumatizaban mucho.

Y tu vida sigue adelante.

Estudios, amigos, pareja, trabajo, comprar un coche, una casa….etc.

Una fiel pero peligrosa compañía: la depresión

Pero empiezas a construirte tu propia armadura ante los demás. Armadura que te hace sentir seguro tras ella, para no contar nada a nadie de lo que realmente te está sucediendo. Te acostumbras a vivir e incluso a depender de ella en ciertos momentos.

Da igual lo que estés haciendo y con quién estés. Esos malos pensamientos y sentimientos y emociones están totalmente reprimidos, pero vuelven a ti de manera automática para sentirte más “protegido”. Te siguen allá en donde estés y lo van a seguir haciendo. No sabes cómo digerir y proyectar hacia fuera tanto dolor y tristeza sufridos en soledad únicamente emocional durante años.

Me considero una persona sociable y colaboradora. Pendiente siempre de apoyar en las buenas y en las malas a los demás. Siempre dispuesto a echarles una mano o simplemente escuchar sus problemas. Tenía momentos de una gran felicidad exteriorizada a rabiar. Pero al finalizar esos momentos de luces, al instante aparecían las sombras y oscuridad. Mis “problemas”. Mi verdadera pesadilla.

Problemas que sentía eran “externos” a mí.

Tenía buena salud física, pareja, sin problemas económicos. Vivía fundamentalmente para solucionar gran parte de los problemas que ocurrían en mi familia, despreocupándome de mi mismo. Craso error por mi parte, tratándose de una persona sensible e inestable cómo era yo. Todos esos problemas me fueron mermando mis fuerzas psicológicas.

TODO ESE SACRIFICIO SE VOLVIÓ EN MI CONTRA….ME OLVIDE DE MI.

Se convierte en un elemento arrasador, “Efecto Boomerang”, que impacta constantemente sobre ti. Al sentir que no consigues obtener resultado alguno a la hora de abordar tus principales objetivos en esos momentos de tu vida, lo cual te entristece y frustra, más aún.

Te invade una profunda tristeza y soledad, no cuentas nada a nadie, no compartes tu dolor. Te tragas absolutamente todo, y de esta manera te hundes cada vez más todavía.

Una fiel pero peligrosa compañía: la depresión

Te acostumbras a desempeñar ante los demás un papel de actor. El feliz y simpático por fuera y el destrozado por dentro. Tus roles se ven afectados a la par que sigue ocurriendo algún que otro nefasto episodio dentro de tu mayor foco tóxico. Todo eso repercute negativamente en ti y en tus relaciones sociales.

Sin embargo, nadie a tu alrededor es plenamente consciente de lo que te está ocurriendo, gracias a tu armadura.

Pierdes el apetito. Sueño descontrolado. No tienes ganas de hacer ejercicio físico y de tener relaciones sexuales. Tu reloj biológico también está dañado. Tu vida social se convierte en una peligrosa montaña rusa. Con muchos altibajos. Con momentos muy buenos pero con la felicidad pura “reprimida” porque están siempre presentes todos esos problemas. Sabes a ciencia cierta que en cuanto pase ese momento, tu tristeza vital y soledad interior te van a seguir retumbando en la cabeza.

Llevas una vida falsa ante los demás.

Es agotador y requiere de un tremendo esfuerzo psicológico para que nadie perciba tu enfermedad. La quieres ocultar consciente pero temerariamente. Te avergüenzas de ser así y no cómo otras personas de tu entorno que aparentemente las ves muy felices a diferencia de ti.

El resultado de todo ese espiral en el que estás sumergido, es que te estás engañando a ti mismo y esto, en lugar de ayudarte, te hunde cada día más.

Te conviertes en una persona hermética para no contar nada de lo que te está ocurriendo por dentro: Tu destrucción cómo ser humano. Sólo conocen y ven de ti la apariencia que quieres mostrar. “Tu armadura”.

Pero desconocen tu secreto: tu terrible enfermedad.

Problemas de entendimiento y complicidad con tu pareja. Te aíslas de tu entorno de una manera psicológica. Te aíslas de tus propios compañeros de trabajo, con los que pasas más horas al año que con cualquiera de tus amigos.

Tengo un compañero de trabajo que muchas veces, cuando entra a la oficina por la mañana su saludo es éste: Buenos días, familiaaa!!! Y es verdad. Los compañeros de trabajo pueden llegar a ser, no siempre, cómo nuestra segunda familia.

Y ese fue mi caso. Recogí de cuanto sembré a lo largo de los años. Ayuda en forma de cariño, comprensión y llantos de desahogo encima de los hombros de varias personas.

Mi enfermedad seguía devorándome. Y seguía adoptando el mismo comportamiento. No contar nada, me excusaba a mí mismo con pensamientos como éstos:

Ahora no es el momento, lo estamos pasando muy bien, como para contarle lo mío. Bastante tiene él con lo suyo, cómo para yo preocuparle por lo que me está sucediendo. Ya se lo contaré cuando vea la situación oportuna.

Pero nada de nada.

Seguía en caída libre y sin paracaídas. Pasando muchas horas en la cama, desganado. Llorando. Recordando lo que fue mi vida y en lo que se estaba convirtiendo. Me volví un verdadero “maleducado” ante toda mi familia. Proyecte todas mis frustraciones e inseguridades acumuladas en forma de irritabilidad y mal genio. Les hacía responsables (de manera involuntaria) de mi propia enfermedad: me avergonzaba de ellos, los aparte en cierta forma de mi vida, y no quería saber nada de ellos.

Una fiel pero peligrosa compañía: la depresión

En plena crisis sentimental, mi mujer me sugirió en varias ocasiones que acudiera a un psicólogo. Pero yo me negué una y otra vez. Rechace su recomendación. Le decía “no estoy tan mal”. Me volvía  a engañar a mí mismo, a sabiendas que estaba mucho peor que “mal” o sea, cada vez peor.

Me repetía constantemente frases como éstas:

¿Un psicólogo? ¿Para qué? Puedo seguir soportando mis problemas aunque me sienta deprimido.

¿Qué va a pensar la gente de mí? Tengo miedo por el que dirán.

Estaba relamiéndome las heridas en soledad. No era valiente para enfrentarme, no a mis problemas sino a mí mismo. Ellos no tenían culpa alguna de mi enfermedad.

Culpa alguna de cómo estaba permanentemente traumatizado por algunas experiencias sucedidas a lo largo de mi vida. Culpa alguna por mi manera de pensar y digerir todo eso. Lo que me estaba sucediendo era una guerra civil entre vida o muerte, con muy pocas batallas ganadas. Todo lo demás era derrota tras derrota por pretender cambiar el comportamiento de mi familia, ante la vida.

Te ves reflejado en un espejo y no te reconoces. Te odias, te insultas a ti mismo.

No te gusta tu imagen. No aceptas las reglas del juego de la vida. No aceptas la manera de ser de las personas que te rodean y menos todavía la tuya. Te ves defectos tanto por dentro cómo por fuera. Te haces preguntas: ¿Por qué es así la vida y no cómo yo la concibo? Por qué la gente se comporta de esa forma y no cómo yo.  Por qué pagan mis frustraciones mis seres más queridos, en vez de decirles que estoy hundido.

Llegas un día en el que te levantas de la cama. Totalmente cansado de todo y de todos. Sobre todo de ti mismo. Desayunas y te vuelves a acostar. Bajas nuevamente las persianas y por enésima vez en tu vida, la noche vuelve a manifestarse en tu habitación. Lloras de impotencia, frustración. De no saber que decisiones tomar. Te sientes más solo que nunca. Atrapado entre los muros de tu vida. Sin saber cómo detener ese espiral desbordado de tóxicos pensamientos que van desintegrando tu vida.

Esa espiral que eres tú mismo.

Al rato te miras en el espejo, y ves un aspecto físico desmejorado. Unas ojeras muy marcadas que se parecen mucho a las secuelas de puñetazos producto de una pelea con alguien. Realmente son un síntoma más del combate a vida o muerte de tu propia vida.

De la lucha contra una enfermedad más, de las muchas que hay en el mundo.

¿Tenía pensamientos suicidas?Una fiel pero peligrosa compañía: la depresión

No, realmente. No pensaba en la manera para suicidarme. Era más profundo, si se me permite la expresión. Sentía que tarde o temprano, me moriría de tanta soledad y tristeza. Sentía que me estaba muriendo lentamente.

¿Realmente era un pensamiento enmascarado de un posible suicidio?

Probablemente sí, si seguía pensando de esa manera.

Una noche se lo conté mi mujer. Algunas cosas que ella no sabía y que me estaban destrozando. Que estaba mal. Que buscásemos la ayuda (consejos) de un profesional de la psicología. Que nuestra crisis sentimental era producto de mi enfermedad. Que yo siempre la había querido pero estaba completamente cegado por mi problema.

Al poco tiempo nos pusimos en manos de un profesional de la psicología. Tanto para llevar mejor nuestra relación de pareja, cómo para qué ambos comprendiésemos mi enfermedad y cómo abordarla.

Y ahora puedo decir con absoluta seguridad que ese acto cargado de lágrimas y desgano por la vida pero también lleno de valentía, salvó mi vida.

Que esa noche, volví a nacer.

Ya en tratamiento y cuando me iba abriendo a mi entorno trasmitiéndole lo que me estaba pasando, me fui sintiendo mucho mejor. Más aliviado al soltar tanta carga tóxica y nociva que llevaba soportando durante años mi inestable y debilitada cabeza.

Empecé a recibir llamadas y visitas. A recuperar las ganas de vivir. A disfrutar de todo lo bueno que había conseguido en mi vida, paralelamente al desarrollo de mi enfermedad. Empezaba a ver la botella medio llena y no medio vacía. A disfrutar de pequeños momentos que te ofrece la vida casi a diario. Me sentía un ser humano libre el cual había sido preso durante muchos años de sus sentimientos y pensamientos. Libre de poder manifestar mi real estado emocional. Sin importarme ni pensar en prejuicios, como este: qué pensarán de mí?Una fiel pero peligrosa compañía: la depresión

Si realmente esa persona está dispuesta a ayudarte, no tienes por qué tener miedo a abrirte y llorar lo que haga falta. Es tremendamente liberador. Y así, desde esa paz interior con uno mismo, el mundo podrá percibir quién y cómo eres realmente.

Sabrás quien eres y para que estás aquí: para disfrutar de la vida, desde la mínima oportunidad que se te ponga por delante. Sentirte orgulloso de lo bueno que tienes en ti y alrededor tuyo, que las cosas malas ya vienen solas y son ajenas a nuestra voluntad.

Te habrás desprendido de tu fiel, eficaz y segura armadura (de tu falsa vida), con mucho o poco sacrificio, (única y exclusivamente depende de ti).

Conclusiones que he sacado:

  • Todo el mundo tiene problemas. No sólo tú. Si no aceptas eso, tienes otro problema más.
  • La soledad, a veces, es buena incluso necesaria en algunos momentos. Pero ser adicto constantemente a ella, te puede llevar al final de tu vida.
  • Ir a un psicólogo no es cosa de locos. Lo que es una locura es necesitar un psicólogo y no querer ir.
  • Nadie está exento de sufrir un episodio depresivo y menos con los tiempos que corren.
  • Aunque no lo creas, hay más gente de tu entorno de la que piensas que va a un psicólogo aunque tú no lo sepas. Lo digo por experiencia, al hablar sobre mi enfermedad sin sentir ningún tipo de vergüenza y enterarme de experiencias de otros. Me decía: no es posible. Si fulanito siempre lo he visto igual. Simpático, con trabajo, don de gente… y me he enterado que es alcohólico, ludópata…etc.

Si te identificas, o sospechas que alguien de tu entorno más cercano, puede estar padeciendo esta enfermedad, no dudes en sugerirle que se ponga en manos de un profesional de la psicología e insístele en ello.

Vivimos en una sociedad en constante evolución en todos los campos y por supuesto en el mundo de la psicología, psiquiatría y afines. En efecto, te ofrecen gran variedad y cantidad de recursos, para salir o sobrellevar esta enfermedad de la mejor manera posible.

Nadie tiene una bolita mágica para adivinar, si TÚ u otra persona, está pasando por una depresión. Es quien la sufre la que tiene que dar la voz de alarma y atreverse a dar ese valiente paso, venciendo sus miedos.

Por ello, acudir al especialista ocurre por iniciativa del que la padece, o por recomendación de un familiar o amigo.

Sé sincero contigo mismo, atrévete a dar el paso y habrás salvado tu vida y en consecuencia la de tus seres más queridos.

Como me paso a mí”.Una fiel pero peligrosa compañía: la depresión

Estoy totalmente de acuerdo con José, nunca debemos olvidar que a veces no podemos solos y necesitamos de alguien competente en la materia, llámese Psicoterapeuta, psicólogo, psiquiatra o coach, que nos guíe hacia la luz que habita en nosotros.

TuEstima expresa su agradecimiento al señor José Pico Polo, por enviarnos y compartir su historia, en beneficio de otras personas a quienes les resuene en su interior lo aquí expresado por él.

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